Si te estallan las pupilas por falta de luz, estás perdido. Técnicamente no te puedes considerar ciego pues nada hay que ver, pero es lo mismo. Se termina el piso debajo de los pies aunque no caigas. Todo se desmorona. Las rutinas. El amanecer.  El ocaso. Las certezas. Se te viene encima de golpe el peso de tres cajetillas de Marlboro diarias durante quince años. El pecho aprieta. Comienzan a aparecer dolores reales e inventados que te vuelven conciente de recovecos en tu propio cuerpo que no conocías. Lloras. Siempre a solas en la azotea y de noche. Cuando tus gritos pueden llegar más lejos y despertar a alguien. O provocar pesadillas. O confundirse con la sirena de una ambulancia solitaria que corre hacia una balacera que terminó hace poco y sólo dejó muertos. Un viaje en vano. Como el de tus ojos a un lado y otro. Angustiados. Sedientos de una imagen que ya no llegará más que a través de las neuronas especializadas de la memoria. Las que ahora te torturarán todo el tiempo, sin descanso. Esas pequeñas condenas son las que componen el delirio. La marea que va superando la marca de años anteriores. La que se va apoderando como una niebla espesa de los contornos de cada uno de tus pensamientos. El mundo comienza a transformarse. Las figuras se alargan. El color de las cosas se vuelve más y más brillante. Como las luces de una discoteca, todo emite flashes rítmicamente. El tiempo se alarga. Al estar separado de la vorágine de los movimientos a tu alrededor, comienzas a percibir el golpe de cada segundo en la carátula de los relojes. Aunque no lo veas, sabes que llevas uno en la muñeca. Y el gesto de voltear hacia él  no lo has perdido. Es inevitable que repitas las contracciones de los músculos para las que los has entrenado desde la infancia. El cuerpo aprende tan bien a moverse como quieres que cuando le das la orden contraria se resiste. Como un soldado al que le quedan rastros de conciencia.

Tendrás los pies atados al miedo de tropezar y la tentación de quedarte quieto te comenzará a cosquillear dentro de las extremidades como una serpiente que en vez de abrazarte quiere salir de ti. Nacerte.  Hay en el amazonas unos pequeños gusanos que se te meten dentro por el hueco que hacen al morderte. No los notas pues están en el agua y son muy pequeños. Pero una vez dentro, podrás notar avisado por los fuertes dolores, que tienes un abultamiento debajo de la piel. En la pierna derecha. Cerca del talón. Poco a poco te irás familiarizando con los movimientos del animal. Verás que recorre con una lentitud imperceptible, similar a las  plantas, cada centímetro del camino que lleva al cerebro. El gusano es tenaz. Nunca se cansa. Se alimenta de los pequeños desechos que inevitablemente exuda tu cuerpo. Y se va haciendo más fuerte con cada paso. Crece. La angustia que te provoca saber que lo llevas dentro hará que segregues adrenalina y ella lo incitará aún más. Se volverá un yonqui de tu miedo. Adicto al terror. Sólo hay una manera de matarlo. Se trata de una pastilla para el ganado. Cuando te la vas a tomar, el doctor se encargará de martillarte la realidad de que sólo tienes dos opciones: o el gusano o tú. Porque muy pocos aguantan el tratamiento. Si lo superas, entonces no debería preocuparte que te hayan estallado las pupilas por falta de luz.