televisiones rotas.

juanjo junoy

 

Un hombre se encierra en una cámara inaccesible para los demás. Frente a él hay dos botones rojos. El resto de las paredes está cubierto por monitores y cámaras de video. Su imagen, la cara arrugada en un gesto de odio reprimido por cientos de humillaciones soportadas, llena las pantallas. Se repite a sí misma hasta el cansancio como si quisiera llenar el planeta entero. El hombre gesticula. Habla. Cada movimiento silábico de sus labios hace eco en millones de televisiones sobre la tierra. El mundo entero mira al hombre. Nada se mueve. Los automóviles se detienen en medio de las avenidas y las carreteras. La gente mira las televisiones en las casas , en las vitrinas de los centros comerciales, en las habitaciones más aisladas de los gigantescos multifamiliares de México, Sao Paulo, Nueva York, Tokio, Bombay, Calcuta, Pekín. Las palabras del hombre no importan. Lo único que la gente puede ver son sus ojos. En ellos está contenido todo el odio que puede existir al mismo tiempo en un solo lugar: odio a los demás. A las mujeres altas y de piernas largas. A la noche. A la soledad. A los amigos. A enfrentarse a un espejo. A ser reflejado y rechazado. Odio a la lluvia. Al mar. A las largas tardes sin tener con quén hablar y desahogarse de un día más de rutinas repetidas hasta el cansancio. Los ojos están frente a millones de personas que los observan con ansiedad. Más azules de la cuenta en la mayoría de los monitores , las pupilas se dilatan y contraen de manera cíclica. Como si reaccionaran a las diferentes palabras que pronuncia el hombre.

El mundo está quieto.

Las noticias por la radio se han encargado de transmitir en todos los idiomas el ultimatum y nadie sabe qué hacer. El hombre ha secuestrado a la tierra entera. Los ha tomado como rehenes y no hay a quien pedir rescate. De hecho no planea hacerlo. Tampoco busca tener los consabidos 15 minutos de fama, Ya los disfrutó hace muchos años. Casi nadie reconoce en él a aquel joven gallardo que una vez venció en la guerra y fue aclamado por las multitudes que le agradecían haber salvado sus vidas cotidianas y aburridas. Probablemente esa sensación de anonimato, de ser una noticia reciclada después de haber dominado la primera plana del Time, Newsweek, El País y el London Post, es lo que lo ha vuelto loco. Porque tiene que estarlo. ¿Cómo puede hacer esto sin querer nada para sí mismo? Las cosas no funcionan así. Todos piensan que debe haber alguna razón oculta, un complot del que nadie se ha enterado pero que ha llevado al hombre hasta el límite.

Al principio, cuando la gente se fue enterando, nadie le ponía mucha atención. Era sólo un rumor, una broma de mal gusto. Pero cuando el hombre apareció en la televisión, no hubo otra opción que creerlo. En cuestión de horas, el pánico fue transformando las ciudades. Las las fábricas tuvieron que cerrar porque no había obreros. La Bolsa de Valores detuvo sus operaciones. Los comercios fueron vandalizados en las grandes capitales. Las calles se llenaron de figurras errantes y nebulosas. De vagabundos que salían de sus cloacas para confundirse con los desahuciados, con las personas que habían perdido toda esperanza. La gente lloraba en los lugares más insospechados: la escalera del tren subterráneo, un vestidor en los grandes almacenes Macy’s, la cámara obscura de un fotógrafo aficionado, el baño de hombres del séptimo piso de un edificio de cristal y acero, debajo de las gradas de madera desmontables en la carpa de un circo vacío, en un sex-shop, en la playa, la escuela; cualquier rincón era suceptible de convertirse en un velatorio donde la gente se velaba a sí misma por anticipado. La humanidad estaba a punto de ser asesinada en masa por un hombre fuera de control que se había encerrado en una bóveda de cuya existencia sólo sabían otras cuatro personas que muy probablemente habían sido ya desparecidas prematuramente de sus vidas.

El hombre habla sin parar. Sus palabras son las de un condenado a muerte que pide la conmutación de su pena sin convicción. Sabe que el jurado no derramará una sola lágrima. No tituberará. Nada de lo que diga evitará que le arremenguen la camisa azul de preso para descubrir el brazo, que le aten un tubo de goma como si fuera un heroinómano ansioso por perderse en el abismo del bienestar, que la aguja perfore la piel para vaciarse lentamente y llenarlo con una sensación de fuego.

Los dos botones son apretados de manera simultánea cientos de veces por la sombra de los dedos del hombre que gesticula mientras habla. También son apretados mentalmente por todas las personas de la tierra. Ante la inminencia de la muerte, la gente mira con desesperación los movimientosde las manos, el botón derecho y el botón izquierdo. ¿Cuál es el que me matará a mí? ¿Podré ver cómo aprieta el primero o en ese momento desapareceré? ¿Sumirá los dos al mismo tiempo? ¿Seré parte de la mitad de la humanidad que morirá un segundo más tarde? ¿No hay posibilidad de sobrevivir?

Otros cierran los ojos. No pueden soportar ser testigos de su propia desaparición ¿A quién le tendrán que rendir cuentas? Les molesta tener que morir en un lugar sin importancia. En una avenida anónima. En la caja del súpermercado en un centro comercial. Quisieran haber podido elegir el lugar para morir pero no tiene el valor de alejarse de las televisiones.

El tiempo pasa. Como todos se han olvidado de él ha ido más aprisa. El hombre mira ahora los botonos. Duda. Comienza a hablar más y más bajo. Su voz se convierte en un susurro. La quietud frente a los televisores se vuelve aún más espesa ayudada por la respiración contenida en millones de bocas. El hombre comienza a llorar. Una mujer vestida de blanco rodeada de gente está parada frente a una vitrina mirando las pantallas en oferta una encima de la otra. Cuando nota las lágrimas en la cara del hombre no puede detener más las suyas y se desmorona en una cascada de impotencia. Comienza a temblar. Su mirada adquiere rasgos de rabia y se le tensan los músculos. El temblor ahora es fuerte, violento, ansioso. La mujer rompe la vitrina con la mano y los gritos de la gente que huye asustada se confunden con el suyo. Entra a la tienda escurriendo sangre de un rojo intenso sobre el vestido blanco. Toma una televisión y la arroja al piso. Toma otra. Y otra. Va acumulando un montón de chatarra. Su furia se contagia. La urgencia de sobrevivir lleva a la gente a desatar su instinto con los monitores. Tienda tras tienda, de casa en casa, el ataque electrónico se propaga como el virus del sida pero en este caso nadie lo quiere evitar. Las explosiones, el tronar de los vidrios contra el asfalto y los aullidos de alegría llenan las calles de las ciudades. Poco a poco van desparaeciendo las televisiones . Caen como soldados abandonando una trinchera que se incendia. Como cucharachas bajo los efluvios de un poderoso insecticida. Como robots en la gran batalla del hombre y los androides. Donde todos los televisores han sido ya destruídos, la gente camina sin rumbo, la cabeza baja y los pies sorteando los circuítos, los cinescopios hechos pedazos y los controles remotos aplastados cientos de veces por todo tipo de zapatos en la catarsis de la violencia.

Un golpe. Otro. La última televisión cae derrotada.

 

 

Entonces, ya nadie puede ver el dedo en el botón.