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Las palabras dudan. Los silencios procrean gritos desgarradores en mentes enfermas. El deseo cae interrumpido. Coronas de flores llegan por correo disfrazadas de cartas de amor. Las vísceras corrompidas de un animal en extinción cuelgan de garfios de metal detrás del escaparate de una tienda en la quinta avenida. Trastabilleo. Mi árbol genealógico tiene el tronco cortado. La sangre de la cabeza gillotinada se coagula lentamente a los pies de una navaja herrumbrosa. El sonido apagado del orgasmo debajo de la almohada enmarca los cuerpos desnudos de dos amantes en la cama. La luz suave de la tarde pega en las pupilas de un ciego y le hace cosquillas. La caricia con las uñas afiladas deja una marca debajo de la piel, un rastro como de barco que se dirige al abismo al final de los mares. La ternura esconde una bofetada. El dardo apunta al centro del corazón y no falla. La peste. Los mosquitos que transmiten la malaria. La encefalitis. El sida. Los cuarenta sellos que cerraban la caja de pandora han sido rotos desde hace tiempo. Navego en el internet y no me encuentro a mí mismo.
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