El bar

Cuando se miró en el espejo le pareció que algo había cambiado pero no le fue posible saber qué. Con toda la tranquilidad del mundo se fijó en cada una de las partes de su cara. Dejó que sus ojos se observaran a sí mismos. Eran iguales a los que había visto siempre. La pupila dilatada, la retina café oscuro, casi negra. Las cejas alargadas. Las pestañas un poco rizadas como siempre que acababa de despertarse. No. Los ojos no habían cambiado en nada.

Poco a poco fue redescubriendo su nariz. Sus labios. La redondez de la barbilla. Los pómulos salientes. Incluso, se fijó detenidamente en el cabello. Tal vez una cana nueva, un capricho diferente en el peinado. Pero nada. No pudo descifrar ese sentimiento de cambio que le sobrevino desde que se vió al espejo por primera vez. Pensando que era sólo una ilusión o un poco de cansancio, comenzó a rasurarse. Abrió la llave de agua caliente y esperó a que el vapor empàñara el espejo. Mientras, tomó la crema de afeitar y se la embadurnó por toda la cara cerrando los ojos. Cuando volvió a abrirlos, frotó su mano en el espejo para quitar la humedad y distinguir la cara. Lentamente pasó por su piel el rastrillo tratando de no cortarse. No lo logró. Sin preocuparse por el hilo de sangre que bajó hacia el cuello, terminó de rasurarse y se echó agua en la cara. Salió del baño desnudo y se puso la ropa que estaba encima de la cama. Se sentía mucho mejor. Cada vez que se afeitaba era como renacer. Le gustaba pensar que con la barba, perdía también las angustias del día anterior y las dejaba irse por la coladera. Así de fácil debería ser todo en la vida. Antes de salir del departamento a desayunar, encendió un cigarro. Era el último de la cajetilla. Se asombró. Nomalmente le quedaban siete u ocho. Recordó que la noche anterior había fumado mucho. Claro. Ir a un bar siempre lo convertía en una chimenea andante.

Mientras bajaba las escaleras, pensó en la mujer que había conocido ahí. Era diferente a todas. Sin embargo, la había tratado como a las demás. Le invitó una copa. Ella no pudo negarse. Sin decir una sola palabra, aceptó con los ojos. En realidad, no podía recordar la última vez que una mujer le había rechazado una copa. Esa era su maldición. Su cara y su cuerpo le resultaban demasiado atractivos a la mayoría. Lo fastidiaban. Nunca le había costado conquistar a alguien. Y siempre todo era igual. Bebían. Ella le preguntaba miles de cosas que no importaban mucho. Se besaban. Y terminaban en la cama de uno de los dos.

Pero esta vez había sido diferente. Ella no habló. Simplemente dejó que sus labios acariciaran el borde del vaso. Lentamente bebió lo que le habian servido y con un gesto amable le agradeció la invitación. Después, se apartó de la barra y salió caminando del bar dejando un sentimiento de angustia colgado en el aire. El miró su espalda sin moverse. Una figura se colocó frente a su imagen y cuando terminó de pasar, ella ya no estaba ahí. Nunca le había sucedido algo así. La noche terminó en una borrachera solitaria. Cuando salió del bar imaginó encontrarla ahí, recargada en un poste esperándolo. Por supuesto que no estaba.

Salió a la calle. El sol lastimaba sus ojos y había olvidado arriba los lentes oscuros. Con la mano fabricó una pequeña sombra para protegerse y caminó hasta la esquina para tomar un taxi que lo llevara a la oficina. Durante todo el día estuvo pensando en la mujer del bar. La veía en la pantalla de la computadora. En los memorándums, en el espejo del baño. Escuchaba la voz que había inventado para ella cada vez que contestaba el teléfono. A media tarde, decidió que iría de nuevo al bar. Tenía que hablarle. Era la primera vez que pensaba de esa manera en una mujer. Estaba seguro de que ella era la única que podría hacerle sentir algo al momento de hacer el amor. Si con sólo un gesto había provocado tanta desesperación, casi podía imaginar todo lo que haría con una caricia.

Al salir de la oficina, pensó en regresar a su departamento para cambiarse, pero no quería perder ni un minuto en llegar. Sería horrible que no se encontraran por una tontería así. Cuando empujó la puerta del bar sus manos temblaban. Estaba casi vacío. La música era suave. Dirigió su mirada a la barra y descubrió su espalda. Era inconfundible. Vestía de negro. Su cabello largo se recostaba en los hombros y no se movía. Comenzó a caminar hacia ella. Mientras lo hacía se sintió como un niño de secundaria en su primera fiesta. Por su mente pasaban frases hechas para conocer a alguien pero no se decidió por ninguna. Tenía pavor de que lo rechazara. Para no fallar, decidió repetir la fórmula que le había funcionado la noche anterior.

Se paró en la barra junto a ella. No volteó la cara. Y aún sin mirarla, se pudo dar cuenta de que ella lo había sentido y lo reconocía. Le ofreció una copa. Otra vez, igual que la noche anterior, ella le agradeció con la mirada. Se fijó en las manos. Tomaban el vaso delicadamente, acariciándolo. Se imaginó esas manos sobre su cuerpo. Deslizándose por la espalda. Metiéndolo en el ritmo de un baile exótico. Cuando ella se llevó el vaso a los labios quiso ser el líquido. Quiso que ella se lo bebiera entero, de un sólo trago, para poder tocarla por dentro. Cuando terminó de beber ella volvió la cabeza para despedirse con una sonrisa y se encaminó a la salida. Nuevamente, él se quedó estático. Pero cuando se abrió la puerta, sintió que una mano lo empujaba para alcanzarla. Salió corriendo y en la calle llegó hasta ella. Le tocó el hombro para que volteara. Cuando la tuvo enfrente empezó a hablar a una velocidad vertiginosa. No quería perder un sólo segundo. Las palabras se amontonaban en la lengua para salir diparadas hacia sus oidos. Y la alcanzaban. Y ella sonreía. Y entonces, con urgencia, le preguntó su nombre.

Entre los ruidos de la calle. Sorteando los motores de los coches, los claxons y los gritos de los vendedores, apenas pudo escucharla: Paco, me llamo Paco.

© juanjo junoy 2000