Una persecución. Los dos automóviles son exactamente iguales de manera casi ridícula. Grandes. Cadillacs de un modelo de los 70. En el primero, cuatro hombres vestidos de negro. Con saco y corbata que hacen juego. Todos tienen camisa blanca, gafas oscuras y corbata negra, lisa, de poliester. En el cuello de las camisas se ha pegado el polvo al sudor. El que conduce sonríe de forma imperceptible con el gesto de un alacrán que está a punto de matar a su víctima y sabe que nada de lo que ella haga la salvará de caer vencida por el veneno que le recorrerá las venas despacito llenándolo de una sensación caliente y de confort. Como debe ser la muerte. A su lado, un muchacho que parece de dieciséis años intenta en vano cargar un revolver. El movimiento del carro y los abruptos giros del volante para tratar de esquivar unas balas inexistentes pero posibles se lo impide. El nerviosismo le pone trampas. En la cámara del revolver sólo hay tres balas y la cuarta se niega a entrar a la antesala de la muerte. Como si tuviera una voluntad propia y prefiriera perderse en el piso del carro, entre latas de cerveza vacía y las colillas sin filtro de los Pall Mall que se mueven incesantes entre los pies del muchacho. En el asiento trasero hay dos caras iguales. Dos gemelos de unos 60 años. Las arrugas de cada cara se repiten en la otra como si fuera un espejo pero con ligeras variaciones que han dejado impresas unos labios de mujer que probó uno de los dos y estuvieron vedados al otro. Aunque uno nunca sabe lo que pasa en los moteles olvidados de las carreteras cuando después de hacer el amor se ha quedado dormido y la mujer de la que nunca se sabrá el verdadero nombre mira en la televisión un documental aburrido de la vida sexual de unos escarabajos africanos hermafroditas mientras fuma como si quisiera dejar en cada exhalación un recuerdo aburrido o uno que duele.

El gesto es el mismo en las dos caras: sereno, tranquilo. Con la calma que sólo puede dar el haber vivido esta huida cientos de veces de la misma manera aunque acompañado por diferentes protagonistas y tal vez en una carretera distinta. En los cuatro ojos negros hay un brillo que refleja pasiones sádicas. Una especie de puñal de acero inoxidable con el filo recién trabajado. Cuidado con una cariño frío y letal. Los hombres miran al frente, indiferentes. El movimiento del automóvil no es suficiente para desviarles la mirada que está fija en ese punto del horizonte donde las líneas paralelas de la carretera se unen.

La carretera es larga y recta. La distancia entre los dos carros un poco menor pero se mantiene constante todo el tiempo. Como si el velocímetro marcara el mismo número en los dos tableros. Es como si estuvieran en la banda sin fin de un aeropuerto cualquiera. Pero aquí no hay salas de espera ni puerta de abordar. No hay destino ni azafatas amables que lo miran a uno con unos ojos lejanos mientras le ofrecen café, pasta o pollo con la misma sonrisa con que lo han hecho cientos de veces. Sólo hay desierto. Una vasta extensión llena de nada. Arida y seca como las noches libres de una go-go girl. Como un cigarrillo árabe.

El segundo coche sólo lleva dos pasajeros. El que conduce no importa. Es una de esas personas imposibles de describir. Sin facciones notorias ni un gesto reconocible. Uno de esos miles de seres que tienen un pasaporte que dice: Señas particulares: ninguna. Detrás va una mujer que llora. Las lágrimas no logran ocultar su atractivo . Viste de rojo. Un vestido largo e incómodo que termina en los hombros dejando al descubierto un tatuaje pequeño de colores que parece una serpiente delgada que se enrosca sobre sí misma. Una abertura de la tela en la pierna insinúa los ligeros negros que sostienen las medias también negras. En su cara hay surcos que han dejado marcadas las lágrimas sobre el polvo de la carretera que se mete por una abertura en la ventana. La mujer tiene en las manos un papel arrugado. Tal vez una carta de despedida de uno de los dos gemelos o del muchacho o del conductor que sonríe como alacrán. O tal vez un recorte del periódico donde una foto vieja inculpa a uno de los que huyen. Tal vez es el padre que ella nunca conoció y que ahora se le escapa de nuevo.

Los dos carros siguen corriendo. Da la impresión de que lo harán hasta que se les termine la gasolina y entonces sus ocupantes continuarán huyendo y persiguiendo a pie. Sin detenerse jamás. Sin recordar de qué escapan o por qué persiguen. Una curva se ve a lo lejos. Completamente absurda en el centro de un paisaje que no tiene una sola justificación geográfica para ella. Sin más razón de ser que su propia existencia. Un capricho estúpido de un ingeniero borracho o la necesidad de los obreros de crear algo que rompiera la monotonía. Parece querer significar algo por su mera forma de quebrar la recta rutina de las líneas amarillas que separan los carriles, pero no representa nada por supuesto. Los automóviles se acercan a ella. Cada vez más. La palabra Firestone golpea y golpea el asfalto caliente en frenéticos movimientos circulares. La goma se pega al piso y se ablanda con el calor. Las caras de las seis personas siguen sudando por las altas temperaturas. Una bala rompe el ruido de los motores y se pierde en el aire para terminar cayendo entre las rocas. Nunca nadie la encontrará. Las manos de los conductores aprietan el volante como si fuera la garganta de una amante infiel. O la del amigo que los traicionó.

La curva está encima de los autos. Y los dedos adormecidos por tantas horas de mantener la misma posición y el mismo rumbo, impiden el giro. Estrépito. Sonidos metálicos que aúllan como lobos solitarios. Gritos violentos. Muerte. Los dos automóviles, todavía con el motor caliente y echando un humo blanco demasiado parecido al vapor de agua, se quedan quietos para siempre en medio del desierto formando una escultura absurda junto a la curva más absurda que ha existido. Un cadáver que será devorado por los buitres del óxido y la herrumbre.

Al final, nadie huyó y nadie pudo ser atrapado.

Si un árbol cae en un bosque donde no hay nadie ¿hace ruido?

Juanjo junoy ©2000