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El marasmo Pablo Samuel Torres©2000
Todo está quieto, inmóvil. Las hojas se suspenden en el aire donde quedaron en su trayecto desde la copa del árbol al suelo. Los pájaros, absurdamente, cuelgan como guindalejos de ventana que suenan cuando les da el viento. Pero el viento también se detiene, como esperando una señal para poder proseguir. Su cuerpo no puede moverse. Sin embargo, su conciencia está tan activa como antes, quizás más, o así la siente, magnificada por la falta de otra ocupación. Él está claro, esto no debería estar sucediendo. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cuál maleficio le habrán echado para que todo dejara de moverse? O sería que lo envenenaron con no sé qué droga que te congela parte de las percepciones, dejando una especie de fotografía mental de la que no puedes salir, para hacerte quién sabe qué cosa. Con el gobierno nunca se sabe. Así pasó el tiempo (no sabe cuánto, pues el reloj de la plaza se quedó para siempre en la misma ridícula hora: las tres y cincuentisiete) cavilando todas las posibilidades, ponderando tan absurda situación, buscando alguna salida a tan apremiante problema. Lo último que recuerda es estar atravesando la plaza en dirección al correo, iba a buscar un paquete, cuando tropezó con un juguete que algún niño inconciente dejó olvidado. Pudo observar cada paloma que levantó vuelo asustadas con su cuerpo elevado en extraña caida. Tuvo hasta el tiempo de averiguar, mediante la sola observación, cuál era el niño culpable de su tropiezo (lo ve detenido cómo corría asustado hacia su madre distraida mirando a un ciclista que por allí transita). Se fijó en la cara de los tecatos, en sus miradas vacías, carentes de toda voluntad, cuerpos guiados por tan solo un deseo. Burócratas insignificantes y orgullosos inmersos en sus pequeñas dosis de poder, vagos profesionales observando la vida desde las gradas, taxistas neuróticos de tanta carretera llenaban la pintura surrealista suspendida en su mente como si alguien, sin querer, apretara el botón de pausa en el control remoto de la vida. Desde su elevada posición pudo ver decenas de personas con distintos deseos y apetitos, compartiendo sólo un lugar y un espacio, lo mismo que con las cucarachas, las ratas, las palomas o el perro tuerto y un poco cojo del viejo flaco que cuida la entrada de la iglesia. Entonces pudo fijarse en las pequeñas diferencias, en los detalles de la individualidad, las marcas registradas de cada vida que están contenidas en nuestros cuerpos. Las arrugas de la preocupación, la herida de guerra, la cojera por cada metida de pata eran la diferencia. Pero cuando estaba casi seguro de tal conclusión se percata de una extraña pareja que se refugiaba del inclemente sol vespertino. El alto y elegante banquero de traje y corbata con negro maletín en mano que habla, así parece a la distancia, incómodamente con un borracho de escasos y rotos dientes, ropas raidas y botella de ron como contenedor de esperanzas líquidas. "Supongo que existen otras diferencias", sentencia resignado. Más al fondo y un poco a la derecha fija la mirada en un grupo de constructores, que arreglan y desarreglan la plaza enternamente. Descansan bajo una sombra con cigarrillo y lata de coca-cola que le decían cosas a las secretarias del municipio que regresaban de su shopping break en marshalls. Ellas van elegantes y sudadas bajo el fogoso sol de la tarde caribeña, sonriendo cómplices y aceptando resignadas el duro halago masculino. Así, las horas pasan, cuántas no puede saber, entre esas y otras inquisiciones sobre la vida sin llegar a resolver nada, ni siquiera algo que lo convenciera por un rato y poder descansar. Está muy cansado. Trata de cerrar los ojos, pero no puede mover el cuerpo. Luego intenta poner su mente en blanco, alejar de ella todo pensamiento, evitar que las palabras invadan su escasa tranquilidad (ya por lo menos no siente el vértigo del resbalón). Cuando finalmente se deja embargar por el letargo y el silencio y apenas empieza a disfrutar de cierta paz, siente un escalofrío que si hubiese podido moverse lo hubiera estremecido como a epiléptico en medio de un ataque y pudo ver la verdad. Entonces, llega al convencimiento de que esto su extraña situación es un castigo de dios, o de los dioses, él ya no está seguro de nada, harto de las bajas y mezquinas pasiones humanas, para no ver cómo un elemento de su creación termina por acabar con toda ella, y decide paralizarla, preservarla como fue, como llegó a ser, y la conciencia activa de cada uno de nosotros es el castigo eterno. Trata de llorar, pero las lagrimas se le quedan atoradas detrás de los ojos, y sentencia resignado: "nuestro infierno es la conciencia".
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