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A la cabeza no hay quien la detenga cuando se pone a correr. Es imposible alcanzarla. Nunca está donde debiera y elude todo contacto como los electrones. A la cabeza hay que atarla a una barra de metal con la base de cemento para que no se mueva. Hay que adormecerla con el formol de la rutina. A la cabeza hay que darle fuerte con un palo hasta que calle y sus gemidos sólo sean suspiros silenciosos. Hay que sumergirla entera en agua hirviendo. Guillotinarla. Pensar es lo que nos vuelve locos. Cuando una idea se desboca y enfila el cuerpo colina abajo, nada la puede detener y seguro te llevará entre las piernas. A menos que le construyas enfrente un muro de ladrillos gruesos para que se estrelle y quede ahí, con las costillas encajadas a los pulmones y el aire saliendo despacito y siseando como cuando aprietas con la uña el pivote de una llanta para que se desinfle. Suena duro y cruel pero no hay que ser compasivo. Tienes que estar seguro de que no va a sobrevivir. Igual que cuando le vacías media lata de Raid a una cucaracha aunque no haga falta tanto. Hay una extraña satisfacción en ver el cadáver recubierto por la capa blanca y espesa de ese líquido burbujeante y venenoso. Si vas a matar, más te vale estar seguro de que no tendrás que dormir con la pistola debajo de la almohada. El tiro de gracia, a quemarropa y en la nuca, es indispensable. Es lo que hay que hacerle a la cabeza cuando piensa. Y cuando no, también, por si acaso. |