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Amor del bueno. juanjo junoy
La quiso tanto que cuando ella murió pudo sentir que su corazón se detenía también. Pero no fue así. A él le tocó de castigo la vida para recordarla como un pedazo de plomo entre las costillas. Para sentarse a la mesa frente a su ausencia y callar con los labios pesados y la vista fija. Le tocaron los pedazos de carne con un marcado sabor a ella precisamente por ser tan distintos a los que ella le hacía. Las cartas boca abajo en un juego que ya nunca terminaría . Le tocó el dolor. Le tocaron los insomnios de mediodía a mediodía y el despertador siempre sonando en la cabeza ¿para qué estirar la mano? Vendió la cama. Era imposible siquiera sentarse en ella. Los platos los rompió todos, las tazas, y hasta una figura de lladró que adornaba un martirio interminable. Cambió los muebles de lugar y durmió en el piso después de dos semanas. Tuvo que inventar una rutina nueva para sus días. Mover las horas de lugar, cambiar las rutas. Su ropa que antes era toda negra adquirió tonos rojizos, verdes. Se cepilló los dientes al revés, ahora comenzando desde abajo. Y con otra pasta. Todo lo que durante sesenta años había sido fue olvidado, empotrado en la pared de un pasado cada vez más borroso. Más de otro. Frecuento el extraño silencio de los parques llenos de gente y las estaciones del metro en horas punta. Se perdió en multitudes arrastradas para mítines políticos. Hurgó en los cementerios de coches, en centros comerciales donde las luces incesantes aturdían cada pensamiento. Recorrió mil veces el borde del lago, los modernos hospitales de acero y cristal con salas de espera llenas y silenciosas donde nadie lo miraba. Corrió por las calles frías donde la lluvia había dejado charcos negros. Después de tres meses castigó las lágrimas y decidió no volver a llorar. La sonrisa falsa pasó a ser el rasgo distintivo de sus gestos. Se transformó por completo en un minucioso y obsesivo proceso que le tomó varios años, estimulado por el profundo dolor del que intentaba escapar. Y cuando una tarde se decidió a mirar en el espejo al otro que era ahora, no le gustó lo que vió. Se arrepintió de haberla acuchillado. |