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libertad a pelo
pablo torres Una de las cosas que más me llaman la atención de ver viejas fotos es el pelo de los fotografiados, sus peinados más bien. Pelos planchados con peinilla caliente, playeros con o sin espoiler, gallos a lo Felipe Rodríguez o Elvis Presley nos señalan fechas, lugares y actitudes. Por alguna extraña razón me da la sensación de que a través del pelo nos expresamos bastante sinceramente, es la manera en que salimos a la calle y nos dejamos ver. Es parte del look con el que se decide (al menos por ese momento) expresarse uno, aunque sea con un supuesto no-look. Tan es así que las maneras de llevar el pelo nos agrupan con gentes que ni siquiera conocemos. Si eres pelú eres roquero, si te rapas eres esquínjed, si tienes dreds eres rasta. (Por eso de irme a los extremos que siempre nos ofrecen ejemplos cómodos que no necesitan de mucha explicación). El pelo, hay que aceptarlo, se ha convertido, si no es que lo ha sido siempre, en posicionamiento social, en un dónde me pongo para enfrentarme a la vida en sociedad. Por ejemplo, Jesús el Cristo era nazareno y los nazarenos no se recortan sus cabelleras, como los rastafarians. Nos juntamos a quienes nos parecemos; y, como la primera impresión es la que cuenta, nos parecemos a quienes queremos juntarnos. De manera, que nos peinamos, o despeinamos, según el caso, para decirle a los demás dónde estamos parados. (Sé que es una simplificación, pero también me ayuda a establecer un punto). Recordemos a Gloria Trevi cantando o gritando a boca de jarro que va a llevar el pelo suelto... Y como toda posición se establece desde la oposición, dos peinados opuestos pueden generar conflicto; si no pregunten a cualquier pelú que encuentren (el grado de hostigamiento aumenta proporcionalmente a la intensidad del riso) de las vejaciones que se sufren por la calle, por solo llevar el pelo largo y alborotado. Rastaman vibrations, yeah, cantan unos chamacos. Adió, mira a Bob Patiño, dice otro entre carcajadas de sus compañeros de joda. ¡Meera recoooltateeee!, grita otro bonche desde un carro por la Ponce de León. Esta moña, ¿se fuma?, saluda un pana con más cariño, mientras te agarra la cola de caballo donde tratas de domar las pasas. En otra ocasión un pelú salía de San Juan por Puerta de Tierra, por la calle que da para los muelles, y cuando esperaba por una luz verde para proseguir, un tipo en un carro a su derecha le dice a sus panas con más desprecio que asombro: ¡mira a este cabrón!, como si él y su pelo le ofendieran. También, el pelo o su ausencia ha servido para marcarnos, pero no solo de mira a este pelú ridículo, si no de que se te identifique, marcarnos, como a las reses. A los huéspedes en los campos de concentración nazis se les afeitaba la cabeza; también a los que no cumplen las coutas de ventas de bizcochos o bolsas de basura en los Hogares Crea. Creo que también en algún momento se afeitaban a los presos y a las putas como escarnio público. Por otro lado, los esquinjeds se rapan la cabeza como símbolo de uniformidad: todos somos iguales, ninguno tenemos pelo. Los rastas, por su parte, dejan crecer sus caracoles a la buena de dios como señal de su fe, es como una antena desde donde emanan las buenas vibraciones. A otros los recortan como parte de una disciplina militar, o porque en la escuela o en el trabajo no los dejan llevar largas cabelleras. En fin, el pelo es parte de un uniforme que nos identifica y permite identificar a los demás. "Avemaría purísima, recórtate esa morusa, qué va a decir la gente", dice una abuela consternada. "Ay bendito mijo, pareces un tecato", advierte preocupada una madre. "No será maricón", pregunta maliciosamente un tío. "Me gusta tu pelo, pero deberías peinártelo de vez en cuando, si usas este conditioner...", afirma más o menos comprensiva la prima. Durante la década de los sesenta, el pelo fue parte de un grito de protesta genralizado, que venía acompañado de cierta mística contestataria. Los revolucionarios cubanos, el Che y Camilo, por ejemplo, andaban pelús y barbudos matando canallas con sus cañones de futuro (Fidel no tenía el pelo largo, se conformó con la barba); en los Estados Unidos estaba Angela Davis con su exagerado afro estilo micrófono luchando por la diferencia (eso que llaman derechos civiles); también venían melenudos del viejo mundo los Beatles y los Rollings revolucionando la música y el negocio del espectáculo. Y en esa guagua se montaron los hippies, los roqueros y toda esa turba de desarrapados sociales con sus marantas y nuevas maneras de vivir la vida. Después se convirtió en moda, el mercado lo capturó, pacificó el estamento, lo puso bonito y nos lo vendió a sobreprecio. Ahora el pelo largo, siempre que te mantengas en los parámetros estéticos aceptables, no asusta a nadie. "Pues, muchas gracias por venir, nosotros le avisamos", te dice el entrevistador de la librería donde solicitaste trabajo mirándote cuatro pulgadas más arriba de los ojos donde termina tu pelo. "¿Lo podemos ayudar?", pregunta irónicamente el dependiente de la tienda que te sigue a todas partes sin perderte ni pie ni pisada. "Tienes que estar bien bonito mañana", dice la jefa mientras organiza y pone todo en orden para la actividad protocolaria de aceptación de no se qué cosa. Las reacciones que provoca el pelo reflejan la intolerancia con las que tenemos que convivir diariamente. No queremos que personas distintas, que promuevan valores, conductas y prácticas diferentes convivan con nosotros porque nos contaminan, minan nuestros valores ancestrales, influyen mal y dañan a nuestros niños que son el futuro del país. Claro, una sociedad uniforme no debería generar problemas, si te ves igual, si te comportas como debe ser (¿cómo es que debe ser?), si aceptas las reglas del juego, no hay problema. De ahí surgen las biblias, las constituciones y sus leyes. Y de ellas salen las exageraciones ideológicas como las de Hitler, Stalin y McCarthy para usar nuevamente ejemplos dramáticos, pero que convivimos con ellas diariamente, a la hora de buscar trabajo, entrar a una discoteca, caminar tranquilamente por la calle. Hace poco proliferaron grafitis ofreciéndole la muerte a los dominicanos y luego a los racistas que los escribieron; y en los baños de la upr es común leer designios apocalípticos contra los homosexuales, echánoles la culpa del sida y otras calamidades. Pero la uniformidad no es igualdad, sino la aceptación de unos parámetros sociales impuestos sin posibilidad de negociación. La diferencia es genética, es social, es cultural y es divertida. La aceptación de la diferencia es parte (o debería ser) de la igualdad por las que se dicen luchar en las democracias. Un elemento necesario para poder aceptar las diferencias (de peinados, de opinión o de color de piel) es la tolerancia; y por ahora suscribo al teórico francés con nombre eslavo Tzvetan Todorov cuando dice que la tolerancia fundada en la igualdad no debe conocer ningín límite; recíprocamente, cualquier discriminación desigualitaria es condenable. En este sentido, las exageraciones ideológicas y de las mismas libertades individuales son parte del problema en cuestión, y entiendo que se exageran cuando oprimen a otra persona. No se crean que propongo un individualismo egoísta, también creo en las libertades sociales, en la solidaridad y en proyectos comunes, lo que pasa es que a larga larga cada persona es una, y por más gregarios que nos pongamos, irremediablemente somos individuos. ... -"pero chico, ¿por qué te recortaste?" |