girando

juanjo junoy

 

 

Una paloma muerta en el asfalto. A la mitad de la avenida. Dani la miró de reojo pero no le dedicó más de un segundo. Tenía que cruzar la calle y en la ciudad de México eso era todo un proyecto al que había que dedicarle la máxima atención posible. A veces los conductores te veían cruzar y entonces aceleraban para asustarte y obligar a que corrieras al otro lado. Ella no se acordaba de que antes fuera así. Sus escasas memorias de la infancia eran de unas avenidas anchas y largas que casi siempre estaban vacías. Y aunque ella tenía que tomar de la mano a los mayores, los carros se detenían para que cruzaran . En ese entonces la gente parecía tener menos prisa que ahora. O a lo mejor se trataba de la violencia que generaba la ciudad y que se le había metido a todo mundo en el cuerpo. Ella misma la podía sentir dentro de vez en cuando. Era mucho más intolerante ahora, por ejemplo. A veces hasta bromeaba acerca de ello con Paula y Ana: dios mío, dame paciencia pero dámela ¡ya! .

Cruzó la avenida con cuidado y al llegar al otro lado buscó a Marco Antonio con la mirada. Todavía no llegaba a la cita. El siempre se tardaba. Era su propia manera de establecer quién mandaba. Ahora que lo conocía mejor podía detectar esos pequeños rasgos de su carácter que una no reconocía a primera vista. Era como un encantador de serpientes que te mantiene atento y fascinado hasta que está listo para darte un tajo con una navaja en el cuello y acabar contigo de una vez por todas. A veces no te eliminaba sino que te volvía adicta a él. Como le pasaba a ella. No podía evitarlo aunque muchas noches peleara entre pesadillas con su imagen y tratara de aplastarla, de darle fuertes patadas en el estómago para sacar todo el aire y con él esa extraña cadena con la cual la ataba. Era imposible. Marco Antonio se le había vuelto necesario para existir. De hecho, tal vez si no fuera por él no tendría todo lo que tenía ahora: el departamento, las joyas, la ropa tan bonita y que la hacía lucir tan atractiva, los viajes, las noches de champaña y cocaína que concluían en una cama donde no dormirían sino hasta después de explorarse los cuerpos con una avidez que siempre era la misma cuando se trataba de Marco Antonio. Marco Antonio. Su nombre era como un trago de agua cuando te mueres de calor y a la misma vez como un veneno de los que usan para matar a las ratas y que desde lejos ya huele a muerte si es que la muerte tiene un aroma.

El único evento de su vida que no podía olvidar era la tarde en que lo había conocido. Todo lo demás era una vorágine de momentos que parecían haberle ocurrido a otra persona. Ella estaba sentada en una cafetería que daba a la calle. Sola. Entre las mesas más alejadas de las ventanas pero con una perspectiva que le permitía mirar a los que entraban al lugar. Cuando él lo hizo, no le puso más atención que la que les ponía a todos los hombres. Una mirada rápida que no permitiera que la descubrieran atisbando y una inclinación de cabeza también rápida, para evitar las miradas de regreso o por lo menos no darse cuenta de ellas. Aunque se sabía atractiva con sus ojos profundos, el cabello negro azulado, la piel blanca y el cuerpo delgado, siempre había evitado el contacto con los hombres. Tenía miedo de decir alguna palabra que la traicionara o la colocara en una posición donde pudieran controlarla. Tenía miedo de que abusaran de ella. Su papá se había encargado de meterle en la cabeza que la mayoría de los hombres sólo iban a prometerle cosas para poder tocar su cuerpo, la ensuciarían con sus manos burdas y grotescas para luego dejarla con un hijo dentro sin prepocuparse más por ella. Nunca la dejaba salir de noche con sus amigas y evitaba que usara ropa que descubriera un poco de su cuerpo. No quiero que parezcas una puta, te ves como una mujer cualquiera, cámbiate, no mires a los hombres, no hables con extraños, si supieras todas las cosas que pasan en estas calles, no salgas de noche, si te vistes así te van a violar. Y cómo no iba a hacerle caso a él. Era lo único que tenía. Su madre había muerto de una manera que nadie quería contarle. Era un secreto que muy pocos debían conocer porque ni siquiera su tía Adela, la que siempre informaba a quien se dejara de los últimos chismes de la familia, sabía qué era lo que había ocurrido. Sólo conocía la fecha. Un tres de mayo. Como el día en que conoció a Marco Antonio.

El había entrado al lugar acompañado de varios amigos y se sentaron en la mesa junto a la suya. Pudo sentir unas miradas registrándola pero no levantó la cabeza para evitar encontrarse con ellas. De pronto él se levantó y chocó con un mesero frente a ella. El mesero cayó con la bandeja al piso y uno de los platos que tenía un flan terminó su trayectoria en la blusa que llevaba puesta. Marco Antonio se disculpó, se le notaba verdaderamente avergonzado por lo que había ocurrido y aunque ella había tratado de tranquilizarlo, no dejó de pedirle disculpas todo el tiempo. Salió de la cafetería y regresó a los pocos minutos con una blusa nueva para ella. Para tratar de resarcir el daño que le había causado. Además le pidió que por favor le dejara encargarse de la blusa que le había manchado. Terminaron la tarde platicando en una banca de la calle frente a la tintorería donde él insistió que llevarán la ropa manchada. Comenzaron a conocerse esas tres horas que estuvieron hablando. El la tenía fascinada con su conversación llena de misterios y la había hecho reír como nadie había podido antes. Cuando la acompañó a su casa ya sentía que eran viejos amigos y hasta dejó que la despidiera con un beso en la mejilla. Le dió su teléfono y él la llamó esa misma noche cuatro veces. La hizo sentir como si fuera la única persona en el mundo para él. Tal vez esa era la magia que ejercía sobre los demás. Cuando te escuchaba parecía como si no hubiera en el universo entero otro sonido más que el de tu propia voz. Y cuando te tocaba, ninguna otra piel. Ninguna otra mujer. Aunque ahora ella sabía que no era la única y la devoraran los celos, no podía evitar desear estar junto a él cada minuto que pasaba. Por eso era tan peligroso. Tan adictivo. Tan maligno. El había sido su primer hombre y sus manos las primeras que la habían acariciado. Su lengua fue la que inauguró los pliegues de esa piel tan blanca que nunca había sido humedecida. El le proporcionó el primer orgasmo y fue quien le enseñó a provocarlos. Le desveló sensaciones que estaban detrás de una cortina de ignorancia y la enfrentó a un cuerpo que ya no era más su enemigo sino un manantial del cual ella podía extraer la seguridad que tanto le faltaba. Le platicó secretos que sólo se pueden descubrir en la oscuridad y la enseñó a mirar. A convertir sus ojos en dos certeros arpones para capturar deseos. Y así, muy despacio, sin dejar que ella se diera cuenta, la fue volviendo una esclava de sí misma y de él.

Hasta que una tarde, sabiéndola dócil, la llevó a un lugar diferente a todos los que habían visitado: un edificio alto y negro. Con puertas de metal tan pesadas que había que empujar con las dos manos para poder abrir un pequeño resquicio que permitía entrar de lado, rozando el hierro viejo. Las escaleras eran amplias y hacían una curva que no dejaba ver el último de los escalones. Estaba oscuro. Frío. Cuando subió sintió que estaba haciendo algo que cambiaría su vida para siempre. Y así fue. El la guió hasta uno de los departamentos, el tercero del cuarto piso. 43. Cuando abrió la puerta utilizó una llave amarilla que nunca le había visto. Al entrar pudo darse cuenta de que el lugar era una sola habitación, amplia, con espejos en las paredes y en el piso, una cama redonda en el centro y una mujer acostada en ella. Dani volteó a mirar a Marco Antonio con una interrogación en el rostro entre asustada y divertida, pero en su cara sólo encontró una sonrisa que en ese momento no supo interpretar pero que ahora, después de tanto tiempo de conocerlo, sabía que era su arma más poderosa. El la tomó de la mano y la llevó hasta el borde de la cama sin pronunciar palabra. La mujer parecía dormida. Era muy delgada y estaba desnuda. Sin soltarla de la mano, Marcoi Antonio la fue guiando en unas caricias largas que recorrían a la mujer por completo. Desde la punta de los pies, por el muslo, por fuera, por dentro, más arriba, hacia la derecha, el vientre, los senos. Ahí se detuvieron trazando círculos alrededor del pecho de ella, suaves y largos pero con una fuerza que cada vez era más notoria. Ella despertó con una sonrisa y la miro. Dani no sabía cómo sentirse. En su confusión perdió el control y se dejó caer en el placer como una droga. Su cuerpo comenzó a funcionar como una marioneta y entre los dos se encargaron de hacerla reir. Ahí fue donde Dani hizo clic. Desde ese entonces los recuerdos eran borrosos. Más visitas a habitaciones extrañas. Más gente. Otros hombres. Otras caras. Otros labios. Las caricias se le transformaron en gestos automáticos. El orgasmo comenzó a desaparecer y todo se volvió difuso: veloz y extremadamente lento al mismo tiempo. Su garganta aprendió a emitir placer sin sentirlo y el cuerpo de Dani, sabiamente templado por Marco Antonio sólo volvió a recobrar un poco de su antigua vida cuando él lo manipulaba. Por esos momentos, ella fue capaz de todo.

Dani sintió un estremecimiento en el cuello debajo de la nuca. Era Marco Antonio que estaba a punto de llegar. Volteó la cabeza y le vio aparecer en la esquina. En ocasiones pensaba que le tocaba pagar un Karma con él y por eso estaban tan conectados. No podía creer que eso le pasara exactamente igual a otras mujeres. Por mucho que Paola y Ana se lo confesaran. Cuando estuvieron cerca él la besó en los labios muy rápido y sin mirarla a la cara la tomó de la mano. Vamos. Es tarde. Nos está esperando. Iban a ver a uno de sus clientes raros. No sabía a dónde. pero sí cuál. Al principio lo había considerado un juego simpático. Fue un miércoles. Marco Antonio había llamado para invitarla a comer y la llevó a un lugar muy caro. No recordaba el nombre pero sí que habían estado en un salón privado. Cuando ya se sentía borracha le dijo que tenía una sorpresa y salieron a la calle. Caminaron varias cuadras hasta que él le pidió que se detuvieran y le vendó los ojos. Ella simplemente reía con el alargamiento de las sílabas que provocaban los vapores del alochol en su cerebro. Sintió como la fue guiando por un camino estrecho. A tropezones subieron unas escaleras y no se detuvieron hasta llegar a una cama donde ella cayó de espaldas. Ciega. El mundo le daba vueltas pero como no podía ver nada se dejó ir sin marearse, girando y girando; girando hasta que se sintió penetrada y comenzó a gemir por reflejo. Sabía que no era Marco Antonio. El hubiera provocado en ella los efectos de las anfetaminas pero se seguía sintiendo igual, girando y girando. Una voz le pidió que le gritara papi papi que pidiera ser castigada que se arrepintiera que llorara y ella girando y girando; girando hasta que quedó exhausta, hasta que terminó en la inconciencia. El juego se había repetido varias veces. Aunque había acudido sobria y tomado control de la situación como con cualquier otro cliente, cada vez que la venda cubría sus ojos no podía evitar recordar ese momento de noche tan profunda que había sentido. Esa sórdida red de la que había estado suspendida. Ese girar incontrolable. Y giraba. Nunca se podía detener. Girabal Su cuerpo respondía sin notarlo a los estímulos del cliente, satisfacía sus necesidades con una perfección milimétrica aprendida en largas horas de forcejeos con extraños y ella giraba. Girando y girando. Hasta que hoy ya en la cama, escuchando a Marco Antonio esperar ansioso detrás de una puerta que nunca ha visto, decide desafiarlo para dejar de dar vueltas. Y mientras sus labios gritan cada vez más fuerte con placer fingido papi papi, se quita la venda y lo vé a él: ¡papi!