Flores con blues incompleto

 

Ana caminó hacia la izquierda. La gente se protegía de la lluvia bajo el toldo de los restaurantes y las tiendas que estaban cerrando. A las siete de la noche la ciudad de México se transformaba para dar paso a otro ser extraño. Los camiones y trolebuses iban todos llenos. Pensó en esperar uno pero en realidad sólo tenía que caminar unas cuantas cuadras, cinco o seis, para llegar al edificio. No valía la pena. Además, le gustaba sentir la lluvia golpeando su piel. No entendía por qué a la gente le preocupaba tanto mojarse y corría. Ella tenía la teoría de que correr bajo la lluvia era peor que caminar despacio. Si ibas tan rápido lo único que lograbas era alcanzar más gotas y estrellarlas a tu cara como si fueran insectos encontrando el parabrisas de un automóvil en la carretera México- Acapulco. Siguió andando sin preocuparse siquiera por esquivar los charcos.

Después de unos diez minutos pudo ver casi enfrente de ella el edificio. Estaba bastante descuidado. Las paredes no tenían color definido. En la parte inferior había una serie de letreros escritos con spray negro que sólo podían haber sido hechos en una manifestación. No era fácil leerlos. El paso de los días los habían convertido en un juego de ahorcado semi terminado. Unicamente se podía distinguir la palabra "Asesinos".

Típico.

 

Pensó que si su familia hubiera tenido un poco menos de dinero, probablemente ella militaría en una de esas organizaciones terroristas en la sierra de Guerrero. Pero también si su abuelita hubiera tenido llantas sería bicicleta. El "hubiera" era una de las cosas que más la molestaban en la vida. Siempre trataba de imaginarsela de una manera completamente diferente si hubieran pasado tantas cosas. Pero al final del día, pasara lo que pasara, estaba sola.

Siguió mirando el edificio parada bajo la lluvia que ya era mucho menos tenaz y persistente. Apenas la sentía. En los charcos las gotas ya no se distinguían. En las esquinas superiores del edificio había unas figuras de piedra que parecían salir de la pared. Eran unas gárgolas. Le fascinaban esos monstruos. Estaban siempre a punto de devorarla pero en realidad no se movían nunca. Ni siquiera en los momentos más intensos de sus sueños. Cuando veía al edificio alzarse alrededor y dentro de ella al mismo tiempo. Como si ella misma fuera de concreto y estuviera destinada a quedarse inmóvil por siempre. A veces le gustaría estar así. La vida era un constante movimiento que llegaba a desesperar.

 

La puerta del edificio no tenía nada de particular. Probablemente no era la original. Debía haber sido restaurada unos veinte o treinta años antes. Era de ese metal que no tiene personalidad propia. Miró hacia ambos lados de la calle y cruzó. Sin pensarlo, entró al edificio. La luz era muy baja. Enfrente de ella estaba el elevador. Miró hacia la pantalla donde se veían los números de los pisos. El único que estaba encendido era el cuatro. Una mujer grande y gorda estaba esperando. Ana pensó que no quería encerrarse ahí con nadie. Siempre la había aterrado pensar en la posibilidad de estar en un elevador que se quedara atorado. No sabía si sería capaz de resisitir la sensación de que le comenzara a faltar el aire. Pero sería mucho peor quedarse encerrada con una mujer como esa que tenía enfrente. Decidió subir por las escaleras. Al fin y al cabo eran sólo tres pisos.

 

Recordó que la semana anterior también había subido por las escaleras. Aunque estaban muy oscuras no sintió miedo. Al contrario. Esa sensación de estar subiendo sola hacia la puerta era muy reconfortante. Como si se tomara una taza de chocolate caliente en una noche fría. El piso por el que caminaba era de lozas blancas y negras. Un tablero de ajedrez. Imaginó que ella era la torre. Se deslizaba por los cuadros con una seguridad mortal. Preparando el golpe que destruiría a la pieza que se le pusiera enfrente. Y jaque mate. Sonrió. Le encantaba que su imaginación se apoderara de ella en esos momentos en que más la necesitaba. Era una eficaz defensa psicológica contra el miedo.

Mientras sus pasos se iban apoderando del terreno de cada escalón, pudo escuchar una música que la envolvía. Era un blues. Ideal para esa sensación de melancolía que estaba instalándose en su cuerpo. Sus brazos eran la guitarra y su vientre el piano. Pero lo más importante, el saxofón, ese no sonaba desde hacía mucho tiempo. Desde la primera vez que había practicado este ritual de venir al edificio. Todavía tenía ese día encajado en la memoria. No había sido como hoy. No llovía. El sol pegaba en el asfalto como si fuera un látigo. Ella caminaba por la calle. Estaba contenta porque unas horas antes había encontrado el vestido de flores que tantas veces llevaba puesto en sus sueños. Lo vió en un aparador y entró a la tienda inmediatamente. Ni siquiera preguntó el precio. Era el único que tenían. Se lo probó y le quedó mejor que nada que se hubiera probado antes. La tela acariciaba su cuerpo como el mejor de los amantes. La falda terminaba justo arriba de la rodilla y dejaba ver sus piernas. Se lo quedó puesto y salió con él a la calle.

Tal vez los hombres no la observaban más que cualquier otro día, pero sentía que las miradas de todos se prendaban de ella como si caminara desnuda por la calle. Y no lo estaba. Llevaba el vestido de flores. Eran unas flores extrañas. Alargadas y brillantes. De color violeta pero con forma de margaritas y el centro blanco. Estaba tan feliz de verse que volteaba a todos lados con la esperanza de encontrarse con su imagen en las ventanas, incluso cuando veía su sombra proyectada contra las paredes la rellenaba con su figura. Por eso vió el edificio. Tal vez si no tuviera el vestido jamás se hubiera fijado en él. Pero los "hubieras" no existen.

 

Sintió que la llamaba con el lenguaje de las piedras. La invitaba a entrar. Le susurraba al oído unas palabras tentadoras que no significaban nada pero que decían mucho. Como si estuviera hipnotizada, empujó la puerta de metal y entró. No pensó. No le ordenó a su cuerpo hacer nada. Pero sus piernas comenzaron a andar y la llevaron hacia las escaleras. Subió al tercer piso y llegó al departamento. Todavía lo podía ver en su mente como si hubiera sido ayer. Como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Como si en realidad no se tratara de un recuerdo sino de un hecho que se repetía incesantemente. Como un disco rayado.

 

Siguió subiendo las escaleras. Ya estaba en el segundo piso. Había pasado por aquí tantas veces que se sabía de memoria cada una de las grietas en la pared. Cada mancha del piso. Cada centímetro de los escalones. Siempre que llegaba a este piso le pasaba lo mismo. Unas ganas de regresarse y salir corriendo del edificio la recorrían por dentro. Como la necesidad de droga viaja por las venas del adicto. Se detuvo. Dudó. Dió media vuelta. Bajó un escalón y volvió a quedarse quieta. Cerró los ojos y volvió a subir. Necesitaba subir. La falda del vestido de flores golpeó sus muslos con el movimiento. Los escalones pasaron frente a sus ojos en dirección contraria a la que llevaba.

Llegó al tercer piso y se asomó por la esquina de una pared para ver el pasillo. La cuadrícula del piso estaba tan desgastada que era difícil distinguir la separación entre el blanco y el negro. Entre el dolor y el placer. No sabía si le molestaba esta condena o si le encantaba avanzar por el pasillo. Los números de los departamentos la guiaban. 301. 302. 310.

Llegó al 311. Como todas las tardes.

 

Se recargó en la pared frente a la puerta de madera. En silencio, dejó que sus ojos se posaran en la manija. ¡La había visto tantas veces! No le quitó la mirada. Esperó. Igual que ayer. Igual que siempre. No sabía qué había detrás de la puerta. En su cabeza, como en sus sueños, se fueron formando las imágenes del interior del departamento. Una mujer, con el mismo vestido de flores que ella llevaba puesto, estaba sentada en un sillón, también de flores, leyendo un libro. Era el Decamerón de Bocaccio. O un hombre se bañaba en la tina. Se lavaba la piel con mucho cuidado. Se acariciaba. O un anciano lloraba mientras escribía la última carta de su vida a una mujer que había muerto muchos años antes. O un niño cantaba en voz baja mientras jugaba a las piernas de su madre que lavaba los trastes. O un músico dormía junto a su saxofón, rodeado por las partituras de una pieza que todavía no aprendía a tocar. O mil cosas más que podían estar sucediendo.

 

Siguió recostada. En silencio. Mientras los minutos pasaban. La manija de la puerta no se movió nada. Entonces, caminó de nuevo por el pasillo hacia las escaleras. Sin volver la vista, bajó al segundo y al primer piso. Ya no podía escuchar en su cabeza el blues incompleto de unos minutos antes. Ahora sólo sonaba un tambor violento que la urgía a escapar. Un golpe que retumbaba en su cerebro y le dejaba cicatrices incurables.

 

Llegó a la planta baja. Pasó frente al elevador y se acercó a la puerta de metal. Y como todas las tardes, la jaló para salir a la calle precisamente en el mismo momento en que la del departamento 311 se abría.