Hay
varias cosas que es necesario aclarar antes de comenzar la narración de
mi intento de suicidio. Me llamo Gustavo Kuerten y tengo 43 años.
Procedo de una familia de inmigrantes que al llegar a
puerto se desperdigaron como virus dentro
de un cuerpo que nunca ha caído enfermo. Desde muy joven la presencia de
la gente fue una tortura para mi carácter sensible y excitable. La
soledad se convirtió en la única compañía que
podía soportar. La voz de las mujeres me parecía como un clarinete
desafinando a todo volumen, junto a la oreja, la de los hombres era un sonido
similar al que produce el televisor cuando son las tres de la madrugada, ya
terminó la película de la serie grandes clásicos del cine
centroafricano y la señal fue cortada después de la
transmisión del himno nacional.
No
tengo trabajo desde hace cuatro meses. Dediqué la mitad de la vida a una
empresa atunera. Con frecuentes demostraciones de lealtad fui superando los
escollos de la carrera ejecutiva hasta ocupar una posición
acompañada de oficina en esquina, ventanas y la vista infame: esmog,
edificios metálicos que repiten la luz del sol con tonos anaranjados y el
cielo negro que amenaza constante con quebrarse en tormenta pero nunca cumple el
ultimátum. Los años
de servicio valieron por lo menos una
modesta cantidad y el reloj de oro que parece ser, como cualquier otro
símbolo caduco, más una prueba de la inutilidad del esfuerzo
empeñado que un premio obtenido con sudor y sacrificio. Un conteo
regresivo que permanece en la esquina inferior del ojo izquierdo.
Mis
problemas sin embargo tienen poco que ver con el trabajo y mucho con las
mujeres. No todas sino una en especial. ¿Cómo llamarla? tiene nombre
igual que el resto de los mortales pero es posible decirle de muchas formas:
fuego, hielo, sangre, dulce, suave, lenta, lince, llanto, cuerpo. Está de
pronto al lado, como una lapa que se niega a despegarse de la roca y en cuanto
pones la vista en el piso distraído, escapa como mago detrás de
alguna esquina aunque no haya. Asusta, engaña, arde, juega. Envuelve como
pulpo y aprieta como boa.
Yo
caí preso. Sin darme cuenta de las señales que desfilaban
entremezcladas en el patrón de los acontecimientos, dejé que los
pies se me hundieran en el fango de las caricias largas y calculadas que
impregnan los poros con la sustancia viscosa del enamoramiento. Un letargo de
mediodía embarró las tardes con wiski, monedas de nostalgia y
abandono en la rocola de un bar con letrero de neón y fugaces momentos
de euforia en los que la veía a ella; en los que me dejaba caer por esos
túneles largos hasta tocar la almohada de su vientre, las palabras en
susurro erizando los vellos de mis brazos, los de la espalda, el punto
inconfundible de los espasmos, el músculo del ojo que se vence para que
las pupilas se entreguen al temblor que ya acomete piernas, labios y lo
más importante: el lugar donde se aloja la certeza de que me espera el
rasguño de su abandono.
>Vagar
por calles largas que provocan curvas inexplicables. Gritar el nombre que
corresponda al itinerario de la jornada con los labios enredados por más
alcohol, por el dolor de una mordida que no volverán a sentir. Dejar de
ver. Tropezar con basureros, asustar mendigos, inmiscuirse en la sombras de
callejones donde esperan las pesadillas, los calambres y un perro que calienta
los pies con su cuerpo sucio.<
Cuando tuve la pistola en las manos: al
sentir la baja temperatura del metal, su fría presencia, la contundente
realidad del peso, las formas tan premeditadas del gatillo, el carrusel y el
mango; intuí que debía terminar de golpe con la tortura de columpiarme
entre emociones contrapuestas. Los celos me subían por los pies como una
enredadera carnívora. Lloraba, reía, me senté a escribir
la carta. Le detalle todos los sentimientos que desembocaron en el marasmo, el
remolino que me tenía loco. Le narré noches que pasé bajo
la lluvia frente a la ventana de un hotel donde sabía que dormía,
orgasmos exquisitos que me llevaban lejos y muy alto para luego soltarme desde
ahí hacia un asfalto de soledad insoportable. La regañe. Empleé
las palabras que me permitirían sembrar el germen de la culpa y
sonreí. Sonreí cuando llegué al final porque supe que
cuando lo leyera, temblaría de terror al sentir el cañón
en su nuca.