Las jevas
Pablo Samuel Torres©2001
Trabajo en procceso
Cuando Doris llegó a la barra ya todo estaba decidido. Sólo faltaba que ella y demás personajes de esta historia transitaran su camino, de que las cosas caigan por su propio peso adónde les toque y se acomoden allí como puedan. Mas no se trata de que el destino de los seres humanos esté ya escrito, y que nada ni nadie pueda alterarlo, sino que en determinados momentos de la vida el curso de las acciones se adelanta en propósitos y consecuencias a las determinaciones del más bravo. Es más bien como cuando se espera que concluyan los involuntarios movimientos y contorsiones de un cuerpo tropezado que se viene abajo, y no es hasta que toda zarahunda y alboroto terminan que se puede reconocer la dimensión —y pasar factura— de los acontecimientos. Doris, por decirlo así, cae.
Al cruzar la cortina de humo entra en la recámara llena de estridente música salsera y un confuso mejunje de aromas. Explosivo cóctel de perfumes y sudores, humor de cigarrillos en cada rincón del lugar y cerveza derramada por el piso o alguna mesa abandonada. A pesar de la tenue y cómplice iluminación Doris necesitó apenas de dos segundos y medio para encontrarla con la mirada dentro de aquel tumulto. Allí estaba, Lucía, seductora como siempre. Aceptaba complacida las galanterías del cabecinegro de pelo aceitado y bigote relamido que narraba alguna historia con grandes gestos de manos y cara. De seguro atraido por los irresistibles encantos de Lucía, —pensó Doris, y reflejó toda esa tensión al fruncir, severa, el seño— porque con Lucía se trata exactamente de éso: encantación. Ella misma fue víctima (una voluntaria y gozosa víctima, vale decir) de tales encantos, los que aun tienen poderosos efectos sobre ella, pero que con el tiempo, la constancia y la costumbre ya no son definitivos, o, en todo caso, placenteros en sí mismos.
Provocaban chistosísimos eventos espontáneamente urdidos con una rápida comunicación de ojos al estar una de ellas, casi siempre Lucía, aceptando y hasta con sugerente participación, la charla doble intecionada de uno de los muchos galanes que merodean las calles de la ciudad. Llegaba la otra como si nada —en el momento preciso que el galán se ponía más sabrosito— y se decían cuánto se querían en un profundo beso, quedaba el galán pintado en la pared sin saber qué hacer, ni dónde meterse. Ahora, sin embargo, todo ello resulta en desagradables situaciones de celos y malos ratos. De hecho, cuando espezaron a salir, apenas dos años atrás (aunque para el espíritu de Doris se sienten como dos pesadas décadas), se conocieron de alguna manera similar. Con una rápida comunicación de ojos.
Primero se conocieron de vista. Doris trabajó como bartender en esa misma barra, y una de esas noches que para lograr pedir una cerveza hay que empujar a más de uno y agarrar al bartender por las orejas o el cuello de la camisa para que te atienda, apareció Lucía con su cara angelical como si nada de aquel tejemeneje la despeinara o la hiciera sudar. Doris aceptó la visión como regalo divino y prestose a homenajearla como es debido. Se vistió con su mejor sonrisa, como si la hubiese esperado toda la noche. Luego de servirle el trago, un elegante “gin and tonic”, la miró a los ojos y siguió atendiendo al tumulto que clamaba por más alcohol. Lucía se quedó un rato esperando a que Doris le cobrara —o esa escusa dio al que la acompañaba esa noche— hasta que en cierto momento conectaron miradas y todo quedó entendido. Lucía sonrió hermosa y lanzó un gracias silencioso que le acarició dulcemente desde los oidos de la otra para atravesar tejidos capilares e incorporarse al flujo sanguíneo que le llegó al corazón. Doris sonrió orgullosa como cuando le provocas felicidad a alguien que amas, o por lo menos, un buen orgasmo.
Varias noches después Lucía vuelve a aparecerse por la barra. Esta vez, por ser noche de semana la habitaban pocos comensales: dos que siempre se emborrachan en ese mismo lugar, una pareja de turistas madrileños que intentaba bailar salsa dando extravagantes pasos de lambada y otro que en el momento en que Lucía traspasa el umbral que separa el adentro del afuera, conversaba con Doris. Ambos se quedaron embobados ante la evidente hermosura de cuerpo y alma. La conversación que sostenían quedó en el aire como la niebla de los cigarrillos que en ese momento fumaban. Lucía sentose al otro lado de la barra y empezó a jugar con sus largos cabellos como quien realiza un hechizo. Doris se le aproxima persiguiendo un extraño impulso.
Hablaron largo y tendido, como si continuaran la silenciosa conversación de aquella noche, apenas interrumpida por uno que otro comensal que pasaba buscando ambiente en noche de lunes. (Ambiente no había, se tuvieron que conformar con una cerveza). En un principio Doris pensó que fue amor a primera vista, pero en realidad y como es casi siempre, se trató de fascinación a primera vista. En ese momento sin embargo, de puras espectativas, todo el deseo iba en alzada a medida que alguno de sus sentidos se compartían, la vista apenas resultó ser una invitación. Cuando le susurró su nombre, “Lucía”, Doris sintió un frío que le salía desde la boca del estómago, que la dejó sin habla un instante, se le secó tanto la boca que apenas si podía abrirla. Al percibir las reacciones positivas, Lucía aprovechó el momento oportuno, como violinista en sala de concierto, para acariciarla, así suavecito con la llema del dedo del corazón de su delicada mano izquierda por la parte trasera del bícep. … Impaciente espera aquella la del gusto.
El tiempo que acaba con todo fue transformando toda esa pasión, no menos pasional, pero quizás más destructiva. Los celos, los malditos celos cegaban el entendimiento de una y la otra, agravándose todo cuando llegaron a la certeza (que no podían confesarse ni siquiera a sí mismas) de que lo único que podían compartirse a plenitud era el deseo, el goce de la carnalidad de la otra, el deleite, el desenfreno que compartían en la cópula.
Lucía contactó la mirada de su compañera y le gesticuló para que se acercara, no sin antes realizar su, famoso en algunos círculos, seductor juego del cubo de hielo por toda su carnosa boca, para deleite del rapeador de turno. Flaco, pero bien formado el del relamido bigote acepta la danza del hielo como invitación y cuando hace su movida, Lucía, en grácil movimiento, esquívalo para llegar hasta la corpulencia de Doris, y abrazarla con fuerza, quien entra a escena más bien resignada. Esta la besa suave en el cachete, pero muy cerca de la boca, tan cerca, que intercambiaron aliento entre las comisuras de sus bocas como señal de cariño e historia. Pancho, como se hace llamar el rapeador, se da cuenta de todo y se le hace la boca agua ante la posibilidad (seguridad dentro de su alborotada cabeza) de llevárselas a las dos, o de que las dos se lo lleven a él, que para los efectos es la misma cosa.
Pancho y Doris se conocían de antes. Él un jangueador profesional, asiduo de aquella y todas las barras del área y Doris que ha trabajado por casi todas ellas, pues tuvieron tienpo y espacio para conocerse. Se caían bien, incluso hasta flirtearon en algún momento, que por alguna u otra razón —ninguna de mayor peso— nunca se llegó a nada. Tuvieron su periodo de panismo, él es un tipo simpático y graciosísimo cuando quiere, y ella aburrida la mayor parte del tiempo. Por eso Pancho sabía cosasíntimas de ella, como que nunca usa ropa interior, que no le gustan los cigarrillos conmentol, que siempre anda con una navaja antivioladores que la libre de todo mal y que siempre ni importa qué, duerme en su casa, aunque eso le cueste andar cuatro días despierta.
Más temprano que tarde, Pancho se dio cuenta de que el agua de su boca se evaporaba como las esperanzas de revolcarse con aquellas dos gracias (él mismo sería la tercera de ser necesario). Trató entonces de al menos tener una interesante conversación en lo que identificaba otro posible blanco depositario de sus deseos. Pero ni eso logra ante la parca actitud de Doris, que no le ríe las gracias ni al más lindo. Pancho, resignado, se retira a labiar su helado brebaje color ámbar y a humear desde su esquina en espera de su próxima oportunidad.
En esas estaba Pancho, con su quinta cerveza, el cigarrillo diecisiete y el ánimo de capa caida cuando se percata de que la conversacíon entre Doris y Lucía tórnase más áspera, cercano a un incidente a gran escala, según su exagerada mente. No escuchaba nada, pero la severidad de las miradas, los semblantes que seguían hermosos mas con la dureza de una piedra presta a convertirse en hacha petaloide. De vez en cuando la mano de Doris se agitaba como si espantara moscas. Lucía parecía incómoda con la situación pública, pero resistía con orgullo mientras trataba de tranquilizar a su compañera, que insistía en su actitud.
“Esto tiene que terminar”, musitó Doris mientras abría la puerta a Lucía y salen de la barra para dejar atrás a las intoxicadas voces. Caminan una al lado de la otra, pero más bien distantes. Doris atrasa sus pasos y permite que Lucía se adelante. La contempla como si fuera la primera vez y déjase encantar por las sutilezas de su cuerpo, algo torpe en ese momento por las muchas copas. Disfruta por vez última la hermosura de aquella forma femenina que sabe a contoneo. Atraviesan las calles nocturnas y escasas de movimiento. Apenas un gato cenizo y peludo que parece alfombra para sacudirse la suela de los zapatos las observa fijamente desde el techo de un carro verde que hace esquina. Unos pasos antes del cruce, Doris detiene a Lucía y sin mediar negociación le planta un intempestivo beso, que en principio se sintió como una agresión, pero que con el pasar de los segundos y un hábil juego de lengua, la otra boca fue aceptando hasta la participación activa del ensalivado junte. El ósculo se transorma en estrecho abrazo y éste en recorrido de manos por la anatomía ajena. En el momento más tremendo, Doris aferra su navaja antivioladores penetrándola con firme delicadeza entre la sexta y séptima costilla en trayecto a ese corazón, que —según ella— tanto la hace sufrir.