Teléfono

juanjo junoy

 

Todo empezó con un número de teléfono equivocado, el teléfono sonando tres veces en la quietud de la noche. Una llamada entrecortada, ruidosa, tensa. Me pareció desde la almohada que era alguien conocido. No llegué a escuchar mucho. Cuando ya estaba sentado me golpeó los tímpanos el inconfundible aviso de que habían colgado. Fue imposible dormir de nuevo. Imposible intentar siquiera cerrar los ojos. Mantuve los sentidos alerta esperando que el timbre se activara. La oscuridad se agotó poco a poco y cuando el ruido de la ciudad despierta comenzó a colarse por debajo de la puerta, supe que sería un día largo. Me levanté. Mientras la navaja de afeitar trazaba los contornos de mi cara, descubrí la intriga en el espejo, en los ojos. Repetí la llamada en la cabeza varias veces sin hacer ruido, moviendo los labios mientras la pasta blanca caía en el lavabo para marcar el ritmo. Cuando el agua se la llevó dando vueltas por el desagüe sentí marcharse también la última palabra que distinguí medio dormido: equivocado.

 

En el trabajo no hice nada. Me mantuve sentado a la espera de que la memoria hiciera acto de presencia. Transcurrió la jornada entera sin que pudiera colocarle unas facciones a esa voz nocturna y breve. Pude percibir la ansiedad como una oleada, un estallido eléctrico que recorría la piel por dentro. Varias tazas de café cargado no hubieran tenido el mismo efecto. Nada me puede molestar más que no saber qué pasa. Es culpa de mi sordera parcial. Escucho poco y cuando pierdo el hilo de una conversación, cuando las frases pierden forma y se hacen tan delgadas que no puedo capturarlas, entonces me desespero. Me siento inválido. Incapaz de reaccionar. La llamada equivocada se convirtió en un pensamiento recurrente. Un círculo sin cerrar que de pronto, cuando menos lo esperaba: a mitad de almuerzo, en el reflejo caprichoso de un escaparate, inmiscuido en sueños absurdos, se asomaba amenazador y señalándome con el dedo. Culpé a la desmemoria pero era inútil. Un sentimiento paranoico, de tener culpa, se me fue formando dentro. Cada vez crecía más. Resultó difícil continuar los actos cotidianos. Mantener al cuerpo repitiendo los gestos que permiten hacer la rutina llevadera. Descuidé la apariencia. Una mañana el espejo me acusó de no haberme rasurado en semanas, la barba descuidada, a la Bin Laden, las ojeras a juego con la mirada evasiva, el cuello arrugado y la papada temblorosa, apenas asomando entre pelos canosos. En la ropa sin planchar recordé noches de amor prestado. Encuentros fortuitos donde voces triviales me llamaban. Pero ninguna se parecía a la de aquella otra noche. A la de los tres timbrazos, la inhalación veloz y entrecortada, vocales ahogadas, el clic terminal del aparato.

 

Quise olvidar. Hundir en ese lodo de inconciencia todo lo ocurrido. Aquello que en los escasos momentos de lucidez identificaba como una locura, psicosis, neurosis o lo que fuera pero un tormento. Nada. Empeñarme en dejar de recordar no funcionó. La voz se mantuvo sonando, aparecía de improviso en cualquier parte haciendo un hueco profundo como taladro. La busqué ansioso. Callé para escuchar a los demás y hallar el tono correcto, la inflexión adecuada, esa manera tan peculiar de hacer que la última vocal pareciera pronunciada bajo el agua. Fui cambiando. De ser el compañero alegre en las tertulias, gatillo de risas y anécdotas, consejero requerido, pasé a ser aquel que todos miran extrañados. El de la mesa solitaria en una esquina. Tema de susurros, especulaciones, pena. La gente comenzó a evitarme. A pasar de largo. En la oficina se amplió el círculo de silencios alrededor mío y mi teléfono sonaba aún menos. Ya no tenía que correr de lado a lado de la habitación tropezando con las cosas para escuchar una voz que nunca era la que esperaba. Mi decepción fue alejándome de todo.

 

Recorrí el directorio telefónico entero en el intento de hallarla. Marqué todos los números. Desde el primero de la primera página hasta el último de la última. De Alfa a Omega. En ese casi infinito de saludos no hubo descanso. Tres días sin detenerme. Tres como los tres timbrazos que ahora me parecían odiosos, perversos, dictadores inconmovibles. Supe que ya no era yo mismo sino otro que siempre he tenido dentro, cuando a mí no me reconocieron, cuando en la llamada final, después de que sonara tres veces, alguien me contestó medio dormido  y le dije con la respiración entrecortada, ruidosa, tensa, en la quietud de la noche, a esa voz que me parecía conocida: equivocado.