La muerte discreta.

 

 

juanjo junoy

 

 

Quería deshacerse del pianista pero nadie debía enterarse. Se le ocurrió que el crimen  perfecto era aquel que la gente no sabía siquiera que había sido cometido. Pero no supo cómo hacerlo hasta que vio el anuncio en la Revista. Se trataba de un curso para técnico en grabación de sonido. Lo tomó, compró el equipo necesario, y entonces comenzó a pasar días completos frente al balcón del pianista para registrar la secuencia sonora de su existencia diaria. Desde el gruñido del despertador que alcanzaba a colarse por la ventana superior hasta las teclas cansadas del último ensayo a las dos de la madrugada. Funcionaba como un perfecto reloj de cristal donde no hay fricción entre las piezas que pueda provocar el típico retraso de un segundo al año. Eso era lo que tanto le desesperaba de él. Esa exactitud meticulosa, invariable. Ese desafiar la posibilidad de un cambio en la rutina con una aún más pronunciada que lo común. Cuando hubo comprobado que había capturado todos las pedazos de sí que emitía el pianista, entró a su casa una tarde, lo destazó con un cuchillo afilado y se lo comió mientras ponía en marcha la grabación, sincronizada a ese preciso momento en que masticaba con el primer ensayo: el de Beethoven.

 

El engaño duró varias semanas. Pero la mujer de la limpieza se extrañó de no ser recibida durante tanto tiempo y comenzó a curiosear. Cuando se enteró, supo que debía eliminarla si pretendía que el asesinato se mantuviera en secreto. La siguió varias tardes y la fue grabando a diferentes horas del día pero siempre cuando estaba en su casa. Así podría reconstruir después, en el taller, la jornada completa de la mujer. Luego sólo sería necesario repetirla incesantemente cada 24 horas. Para eso tenía una grabadora a la que le había añadido un timer. Después hizo lo mismo que con el pianista. Todo rápido, pues en realidad no disfrutaba matando. Lo hacía porque era necesario. A ella también se la comió. Y al cartero indiscreto, a la cuarentona retirada y fanática del parchís que había estado rondando la casa de una de sus víctimas anteriores. Con cada uno de ellos repitió el ritual que a medida que se sucedían las ocasiones, era más y más monótono. Parecía un trabajo. Lo hastiaba.

 

Las cosas se le fueron de las manos. Ya no se trataba de matar para encubrir la interminable fila de víctimas que se habían acumulado. En algún momento había hecho clic y ahora convivía con una obsesión. Tenía que grabar y sustituir. Grabar y sustituir. Era necesario preservar ese instante en el tiempo. Ese día particular que reconstruía a partir de retazos de horas en las cintas de audio. Y siguió sustituyendo. Pasados seis meses, el pueblo estaba dividido: la mitad viva y la otra, una delirante repetición de ausencias. Unos se daban cuenta de que había mucha gente a la que no veían desde hacía tiempo, pero él se los fue tragando. Uno a uno y acompañados con cerveza. Al final, previsiblemente, quedó solo.

 

Recorrió durante una semana el pueblo fascinado por el contraste entre la quietud de las calles vacías y el vertiginoso caos de la gente sonando. Se aprendió las calles de memoria en un recorrido absurdo. El lugar se convirtió en un laberinto sin paredes que lo mantenía viajando. Se detenía a pasar las noches, el único momento de silencio, recitando las palabras que había escuchado durante el día y añadiendo su voz desesperada al recital de lo cotidiano que se presentaba en ese escenario solitario.

 

Colocó varios micrófonos en su propia casa y se encerró en ella. Era el único que tendría control sobre los sonidos que le heredaría a la cinta para ser repetidos hasta la nausea, así que los ensayó durante varios días antes de comenzar a grabar. A pesar de eso tuvo que hacer varios cortes. Cuando estuvo satisfecho por el resultado se paró en una esquina a escucharlo. Le llenaron los oídos las palabras tan meditadas que había pronunciado, el golpeteo de las ollas al cocinar, los chirridos de los resortes del sofá en la sala, el gorgoteo de la cafetera muy temprano, pisadas sobre la madera, una silla arrastrada, las ropas rozando, su respiración. Su respiración fue lo que le recordó que le quedaban pocas horas de vida pues la grabación estaba terminando. Sacó de un cajón la navaja. Se quitó la camisa para no dejarla manchada y se sentó en una silla frente al espejo para mirarse a sí mismo mientras caía. Para que esa fuera la última imagen en sus pupilas. La que se quedaría grabada para siempre. Todo había sido perfecto. Lo único que le dio lástima fue que no quedaría quién le apretara  a él, el botón de play.