Entró en la oficina como si estuviera llegando al momento clave de su destino. Dejó que la puerta se cerrara sola y el golpe hizo que todos callaran. Pudo sentir las miradas tensas como los cables de un puente colgante. El aire acondicionado inmóvil. Callado. En los labios le temblaban legiones de palabras ansiosas por comenzar la lucha. Por todo su cuerpo se deslizó la adrenalina, aceitando, lubricando. Poniéndolo todo a punto para la vorágine. Como el fórmula uno segundos antes de la carrera. Pasaron segundos de los que se estiran por horas. Recordó todas las humillaciones. Una a una. Las acarició con una lenta compasión. Regodeándose en el dolor que había sentido. Fertilizó los odios inmisericorde. Sacó los resentimientos de sus baúles, cerrados con pesadas llaves hacía tiempo. Entonces comenzó a sentir la ebullición. Las agruras en el estómago. El latido brutal resonando en la cabeza. El palpitar de las sienes. Los dientes apretados y frotándose con rapidez. La mandíbula atorada. Sin que hiciera un sólo movimiento los demás lo percibieron. Entendieron todo por instinto. Pero no pudieron más que quedarse quietos. Y cuando él sacó la escopeta fueron muriendo sin gritar en un caos de sillas, metal, vidrio y hojas de papel que no terminaban de caer nunca. Cuando el último de ellos ya estaba extendido en la alfombra moteada de sangre, él se dio cuenta de que no había dicho nada. De que todo fue en vano.

 

juanjo junoy ©2001